Damaged Clock, productor bogotano, se lanzó a una hazaña que no es común ni cómoda: un álbum de 105 composiciones, construido íntegramente en hardware análogo. No es un compilado, no es un archivo de descartes, no es un capricho numérico. Es un gesto radical. Una insistencia.
El proyecto no se deja encasillar. Se mueve entre techno, trance, house, electro, EBM, acid y hasta destellos de drum & bass, pero no como un collage forzado, sino como un organismo rizomático donde cada pieza funciona como engranaje de un sistema mayor.
Aquí el tiempo no es lineal: se fragmenta, se estira, se pliega. Escuchar no es pasar tracks; es entrar en un proceso.
La densidad del álbum no está solo en la cantidad, sino en la intención. Cada textura parece un archivo emocional comprimido en frecuencias, cada distorsión una grieta íntima. Hay una nostalgia de los 2000, sí, pero no como homenaje retro; más bien como fricción entre pasado y presente, entre lo melódico y lo industrial, entre lo personal y lo colectivo.
La participación de figuras como Legowelt, Umwelt, Crystal Geometry y Thomas P. Heckmann en remixes amplifica el diálogo generacional. No es solo un álbum, es una conversación extendida dentro de la electrónica de avanzada.

Desde lo conceptual, Damaged Clock plantea algo más profundo: el álbum funciona como un dispositivo de reparación temporal. Cada track es un engranaje que intenta recomponer un reloj interior fracturado. El tiempo deja de ser una línea y se vuelve ciclo, ritual, repetición que sana.
105 piezas no buscan consumo rápido. Exigen inmersión. Exigen paciencia. Exigen cuerpo.
En una era de singles desechables, esta obra se siente como un acto de resistencia: una arquitectura sonora monumental que no pide permiso, que no se disculpa por su extensión y que convierte la escucha en experiencia total.
No es solo música.
Es reconstrucción.
Es memoria procesada en voltaje.
Es tiempo intentando repararse a sí mismo.
Instagram: https://www.instagram.com/damagedclock?igsh=cG1zaG1jczg1MzVo





