La música está tan integrada en todos los aspectos de la cultura actual que uno apenas se para a pensar en la validez de su forma. ¿Es la música una forma legítima de arte? ¿Es posible hablar sobre ella sin emplear un solo adjetivo? (Un interesante juego de salón, como señaló Roland Barthes). La diferencia entre—“ser” implica que simplemente se es, en un estado relativamente fijo de permanencia, mientras que “convertirse en” implica algo que evoluciona con el tiempo. La música, vista de esta manera, tiene múltiples naturalezas; se puede considerar en un sentido general, o puede intentar entenderse dentro del aparentemente incomprensible sistema de conexiones que tiene a través de la cultura actual. ¿Es posible trazar líneas que separen definitivamente aquello que es arte de lo que no lo es? ¿Cómo es posible hablar de la naturaleza de la música cuando la forma misma parece fragmentarse a un ritmo acelerado?
Estoy convencido de que muchos os habréis preguntado: ¿Cuál era la posición de las grandes mentes de la historia sobre este tema? ¿Qué tenían que decir los filósofos, los intelectuales, los propios compositores acerca del hecho de la música?








Sorprendentemente, uno de los más fervientes detractores de la música fue Sigmund Freud, y eso que vivió en Viena durante un periodo de gran creatividad musical (y coetáneo de Gustav Mahler, nada menos). Como dato interesante, Freud padecía unas migrañas terribles, y sufrió al menos seis ataques por separado, tres de los cuales en el Park Hotel de Viena, donde casi con toda probabilidad había música en directo. Más de un erudito ha sugerido la posibilidad de que Freud sufriera también epilepsia musicogénica: ataques provocados por instrumentos o piezas musicales específicas. Esto, como mínimo, dio como resultado un odio por la música que profesó durante la mayor parte de su vida, tal como recuerda su biógrafo oficial, Ernest Jones: “La aversión de Freud por la música fue una de sus características más conocidas. Recuerdo bien la expresión de dolor en su cara al entrar en un restaurante o cervecería donde hubiera una banda tocando y lo rápido que se cubría las orejas para ahogar el sonido”.
Aunque Michael Foucault nunca arremetió contra la música de la misma manera que Platón, sí se interesó por los múltiples vínculos entre la música contemporánea y la cultura e hizo partícipe de sus disquisiciones a su buen amigo, el compositor Pierre Boulez. Boulez ofrece una respuesta fascinante a Foucault sobre el tema de la pluralidad de las formas musicales que vemos hoy en día: “¿Hablar de la música en plural… solucionará el problema? Parece, por el contrario, que simplemente lo ocultará, como hacen ciertos devotos de una avanzada sociedad liberal. Todas las músicas son buenas, todas las músicas son bonitas [sic]. ¡Ah! ¡Pluralismo! No hay nada como el pluralismo para curar la incomprensión. Amad a cada uno de vosotros en vuestro rincón, y cada uno amará a los otros. Sed liberales, sed generosos hacia el gusto de otros, y ellos serán generosos con el vuestro. Todo es bueno, nada es malo, no hay valores pero todo el mundo es feliz. Este discurso, tan liberador como se desearía que fuese, refuerza, por el contrario, los guetos; da consuelo a la percepción de cada uno de estar en un gueto,
especialmente si de tanto en tanto uno recorre los guetos de los demás”. Ciertamente, en los inicios del siglo XXI este “viaje por los guetos” se está dando de una forma mucho más acelerada que en cualquier otra etapa en la historia de la música: una nueva mezcla de formas musicales y géneros surge cada semana. La música, en este sentido, se convierte en un mecanismo de captura con una doble función, una que a menudo suprime al individuo en su relación con ella y en relación con los creadores y críticos de cultura en su conjunto, dando como resultado una música empobrecida dirigida a un público tan expectante como, a su vez, empobrecido.
Recuerdo ahora un aforismo de la Diapsálmata de Kierkegaard. “Sucedió una vez que en un teatro se prendió fuego entre bastidores. El payaso salió al escenario para avisar al público de lo que ocurría. Creyeron que se trataba de un chiste y aplaudieron; él lo repitió y ellos rieron con más fuerza. Así es como yo creo que se acabará el mundo: con una gran carcajada general por creer que se trata de un chiste”.






